domingo, 27 de septiembre de 2015

Aquellos hombres seducidos por las apariencias que sin cesar sacuden sus sentidos, cuyos ojos materiales sólo ven en todo y por todas partes más que materia, que por ella caen en una especie  de embrutecimiento que nos les permite discernir ningún signo de espiritualidad en su ser pensante, se sublevarán contra nuestra aserción de que la materia no es más que aparente y no tiene nada que ver con la realidad, pareciéndote errónea y loca, pero no es a ellos a quien dirigimos nuestro aserto. Sabemos que son sordos y ciegos e incapaces de comprendernos. Les dejamos, ahí, enterrados en la alta ciencia a la que están fuertemente    aferrados.
Pero hay una multitud de otros, que flotando aún en cierta incertidumbre, están sin embargo mejor dispuestos a asirse a la verdad cuando ésta se presenta ante ellos, y tienen necesidad de socorro para ayudarles  a percibirla. A éstos, les decimos, buscad en las fuentes que la ocultan y no desfallezcáis en esta búsqueda. Sepan pues que, en la naturaleza, todas las cosas dignas de ocupar al hombre radican en los números fundamentales comprendidos del 1 al 10. Buscad con buenos guías para preservaros del error. La materia tiene también su número propio que ha demostrado ser el 9. Para conocer su valor, buscad su producto, multiplicar pues este número 9 por el mismo, y sumar los números que resultarán, reducirlos a su raíz y el resultado que se obtendrá será 9, lo que viene a demostrar que la materia no puede producir más que materia.


Para una segunda operación unir un número cualquiera al número 9, signo característico de la materia, adicionar esos dos números y no quedará más que el número que se le había unido, y el de la materia habrá desaparecido totalmente; lo que también demostrará que la materia no es en absoluto real. Dejamos a los eruditos materialistas que expliquen la razón de porqué de entre todos los números que componen la decena, sólo aquel que caracteriza la materia, es el único que desaparece totalmente ante todos los            otros.

Nosotros hablamos a menudo de la vida espiritual activa que es la vida del espíritu, y de la vida universal pasiva, y es preciso definir una y otra, pues esta definición es todavía necesaria para muchos  seres      pensantes.
Existe en la naturaleza y principalmente para el hombre menor, para el Adán degradado y castigado, dos vidas muy distintas que no pueden nunca confundirse sin caer en el más grande de los peligros: una es la vida espiritual activa o del espíritu, en tanto que la otra es la vida universal pasiva que es de la           materia.

La vida del espíritu no ha sido creada, sino que ella emana con el ser que ha salido del seno de Dios de donde es             originaria.
Es inmortal, indestructible, inteligente y activa. Ella piensa, quiere, actúa y distingue, ya que está hecha a imagen y semejanza de su principio generador; ella se fortifica en el ejercicio del bien y sólo puede debilitarse y oscurecerse en el ejercicio del mal.

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