II
Eso es, en definitiva, la llamada Revolución Bolivariana: una
indefinición. Y así cursó varios años, con interesantes avances para el campo
popular (mejoras en los niveles de vida a partir de una más equitativa
distribución de la renta petrolera del país), pero sin tocar nunca los resortes
últimos del capital. Muriendo, Chávez -que pasó a ser figura sempiterna del
proceso, abriéndose forzosamente la pregunta de si puede haber socialismo
basándose en el culto a la personalidad de un dirigente-, designó “sucesor”.
Nicolás Maduro, un ex sindicalista que proviene de las filas del
Partido Socialista, fue el ungido. El Partido Comunista de Venezuela acompaña
todo el proceso con una posición crítica: acompaña, es parte, defiende la
construcción de este experimento, sin haberse querido integrar plenamente al
Partido Socialista Unido de Venezuela -el PSUV-, el cual en realidad es más una
maquinaria electoral que un verdadero partido revolucionario organizado de la
clase trabajadora.
Hoy día la revolución sigue en pie, aunque muy atacada (¿débil?) en sus
cimientos. Puede decirse que en Venezuela hoy se libra una guerra. Pero para
ser exactos, hoy por hoy se acrecienta una guerra que, en realidad, se viene
librando desde hace años.
Seamos claros: la guerra en cuestión no es sólo la situación de ataque
económico a la que se ve sometido el gobierno de Nicolás Maduro en este momento
puntual. La guerra está desde el momento mismo en que Hugo Chávez puso en
marcha un proceso en que se pretende tocar las estructuras de la sociedad.
La actual “guerra económica” que sufre el proceso bolivariano no es
sino la profundización de una lucha eterna que, siendo consecuentes con el
análisis del materialismo histórico, ha existido siempre en todos estos años de
intento de transformación.
La guerra que vive la Revolución Bolivariana, hasta ahora sin armas de
fuego, no es muy distinta de la que padeció durante 64 años Corea del Norte,
durante 50 años Cuba, durante 60 años Palestina, durante 38 años Irán. A pesar
de amenazas, invasiones y una interminable batería de artilugios -en muchos
casos sí con armas de fuego- esos países siguen ahí. ¿Se podrá decir lo mismo
de Venezuela en el futuro? ¿Seguirá ahí?
Vale la pena preguntarnos, con un sentido crítico y ¡constructivo!, por
qué no se tomaron las precauciones elementales para librar esa guerra si se
sabía que el enemigo siempre ha estado y estará ahí. En 15 años que lleva el
proceso, 840 mil millones de dólares generados por la renta petrolera pareciera
que no fueron suficientes para fortalecer la transformación iniciada con Hugo
Chávez vivo. ¿Por qué? Un proceso que se pretende socialista sólo se puede
fortalecer -dicho de otro modo: sólo se puede ganar esta guerra- con más
socialismo, nunca con menos.
La lucha de clases, motor de la historia -en Venezuela y en cualquier
parte del mundo- sigue estando al rojo vivo. Ahora, con estas iniciativas
desestabilizadoras que está tomando la oligarquía nacional desde fines del
2014, centradas en la esfera económica, la lucha cobra mayor fuerza; pero esto,
si bien tiene características particulares, no es muy distinto en esencia de
todos los ataques que ha venido sufriendo la Revolución Bolivariana en su
historia.
Si algo hubo en estos 15 años de proceso bolivariano fue justamente
pretender sentar las bases de un nuevo modelo, de una nueva sociedad.
Evidentemente eso no es fácil. Y en estos momentos -es preciso reconocerlo con
valentía para seguir creyendo en la utopía y continuar dándole forma- ese
proyecto debe ser revisado con carácter crítico constructivo.

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