III
¿Es particularmente más agresivo el ataque de la derecha ahora? ¿Hay
errores propios que se están pagando? ¿Hay una combinación de ambas causas?
Resulta imprescindible analizar a profundidad la situación actual -conociendo
la historia que le antecede- para buscar alternativas. No hacerlo podría llegar
a significar el fin de esa hermosa utopía que llamamos “socialismo del siglo
XXI”.
Y ahí debe arrancar el verdadero análisis crítico: ¿qué es este
socialismo?
Insistamos con la idea: un socialismo jaqueado sólo podrá vencer no con
concesiones y titubeos, sino con más socialismo. ¿Cómo pudo reconstruirse la
Unión Soviética devastada por la terrible Segunda Guerra Mundial, para llegar a
ser superpotencia pocos años después? Con más socialismo. ¿Cómo pudo Cuba
soportar el “período especial” una vez desaparecida la Unión Soviética? Con más
socialismo. Las concesiones y titubeos no llevan por buen camino.
No cabe ninguna duda que luego de décadas de capitalismo salvaje,
extinguido el campo socialista soviético, las ideas de justicia social y lucha
por un cambio revolucionario de la sociedad quedaron debilitadas. Las luchas de
clases no terminaron (¿cómo podrían terminar acaso, si son lo que mueve la
historia?), pero el discurso conservador dominante intentó pasar al baúl de los
recuerdos todo lo que tuviera que ver con “socialismo”, “revolución obrera y
campesina”, “poder popular y socialización de los medios de producción”, “lucha
antiimperialista”.
Fue la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela lo que
permitió desempolvar esos anhelos. El proceso que él iniciara revitalizó esas
dormidas y muy golpeadas esperanzas. La historia, por supuesto, no había
terminado. El campo popular allí siguió estando, resistiendo como pudo las
políticas neoliberales, diezmado, desorientado en su lucha política.
Lo que sucedió en Venezuela sucedió igualmente en todos los puntos de
Latinoamérica. En algunos países hubo respuestas que podríamos caracterizar
como socialdemócratas, tibias, reformistas (Argentina con los Kirchner, Brasil
con el PT, Chile con Bachelet, Uruguay con los ex tupamaros, Ecuador con
Correa. Lo de Bolivia merece un capítulo aparte, porque es el punto donde más
se avanzó en la respuesta socialista y popular). De todos modos, ninguno de
esos planteamientos jaqueó al sistema capitalista de su nación ni al amo
imperialista estadounidense.
El caso de Venezuela es una “piedra en el zapato” para Washington dadas
las enormes reservas de hidrocarburos que atesora, botín que el imperio no va a
perder. Ese pareciera el elemento principal a considerar para entender la
situación del país caribeño; un gobierno nacionalista que quiere manejar
autónomamente sus recursos, y si a eso se suma un presidente díscolo (Hugo
Chávez) que puede tratar de “diablo” en la cara al primer mandatario de la primera
potencia mundial, llamando a una unidad latinoamericana con un talante al menos
no capitalista, el resultado es lo que vemos: el imperio muestra los dientes.
Ahora, después de la caída del muro de Berlín y la extinción del campo
socialista europeo, desde hace ya unos años los viejos ideales de socialismo
volvieron a la palestra. Volvieron no sólo en Venezuela, sino que se
expandieron por el continente, en muy buena medida, de la mano de este proceso
que se abrió en el país caribeño, y bajo la perspectiva de un “nuevo
socialismo”, el del siglo XXI.
Pero resta por definirse qué es eso: ¿no es el socialismo clásico? ¿No
es la concepción forjada un siglo y medio atrás a partir de la lectura crítica
de la economía capitalista que hicieron sus fundadores?
Seamos rigurosos: ¿cuál es, en definitiva, la ideología que mueve este
proceso esperanzador que se abrió en la República Bolivariana de Venezuela? ¿En
qué consiste exactamente el socialismo del siglo XXI? En realidad, nunca se lo
definió en sentido estricto. Si es la intención de formular una crítica a la
burocracia y el verticalismo de las experiencias soviéticas: ¡bienvenido! La
constatación de la realidad venezolana nos muestra que las prácticas
burocráticas, verticales y corruptas no desaparecieron en su dinámica. Y lo que
resulta más importante, definitorio si se quiere: la propiedad de los medios de
producción (¿de quién son realmente?), nunca fue transformada en su raíz.
El economista venezolano Manuel Sutherland hizo notar que, según las
Cuentas Nacionales, explicitadas por el Banco Central de Venezuela (BCV), el
PIB privado (el porcentaje de la actividad económica del país en manos directas
del empresariado) corresponde al 71% del total (año 2010). En el año de 1999 el
PIB privado era de 68%. Es decir que, a pesar de las nacionalizaciones, el PIB
sigue siendo mayoritariamente privado, y comparado con países que nada tienen
que ver con el comunismo –como Suecia, Francia e Italia, donde el PIB es
mayoritariamente público (estatal)–, el Estado venezolano no tiene en sus manos
(salvo el petróleo) ningún resorte económico importante de la economía (
Sutherland, 2013).
En otros términos: el proceso de transformación que se vive tiene como
soporte ideológico una mezcla algo ambigua de socialdemocracia, voluntarismo,
caridad cristiana y, por allí, algunos chispazos inspirados en el materialismo
histórico. No hay dudas que algo está pasando, por eso la derecha (nacional e
internacional) reacciona airadamente.
No hay duda que las clases populares, subalternas -el “pobrerío” en
sentido amplio, para decirlo con un término quizá no marxista- hoy día se
sienten protagonistas de su propia historia. El poder popular, al menos en
parte, comienza a ser un hecho: los “negros de los barrios” ahora entran
triunfantes al Teatro Teresa Carreño, otrora un ícono de la oligarquía
vernácula. Y donde quiera que se vaya está instalado el discurso popular.
En un país “acostumbrado” por décadas al espectáculo mediático de la
democracia (se votaba y se cambiaba el partido gobernante con una alternancia
casi ensayada, pero no más), ahora esa misma población discute sus asuntos en
asambleas comunitarias; una sociedad acostumbrada a la banalidad y a los
concursos de belleza femenina, ahora pide cerrar los canales televisivos
golpistas (como pasó con Globovisión) y formar milicias populares armadas para
defender su revolución.
He ahí los gérmenes de lo que, si se potencia, puede ser una verdadera
transformación. Pero los resortes últimos de la sociedad, la propiedad de los
medios de producción, siguen en manos de una de las clases enfrentadas a muerte
con los productores reales de la riqueza: ¡continúan siendo de la burguesía! Si
eso no cambia, el manejo estatal del petróleo no alcanza para crear esa nueva
sociedad que se desea, la sociedad socialista. La “guerra económica”
actualmente vivida tiene su origen en esa dinámica, en esa contradicción de
base no superada todavía.
En relación a esto se preguntaba el Ministro del Poder Popular para la
Cultura, Reinaldo Iturriza:
Respecto del gobierno, de nuestra responsabilidad, de la necesidad de
reconocer nuestras incapacidades, cabría esperarse un ejercicio (…) [para ir]
identificando lo que hemos hecho y lo que hemos dejado de hacer (…) .
Identificar, por ejemplo, cuándo y cómo permitimos que una “nueva clase”
creciera al amparo de la revolución, y cuándo y cómo ella misma terminó siendo
un obstáculo para liberarnos de las amarras de la economía rentista. Cómo y
cuándo, por acción u omisión, contribuimos a crear las condiciones para la
aparición del fenómeno del cadivismo*.
Por supuesto que dentro de las filas bolivarianas hay voces críticas.
Quizá no todas las que debiera, pero las hay. En algunos, al menos, existe la
intención de preguntarse seriamente qué se hizo mal. Porque, siendo realmente
revolucionarios, no puede pensarse que todos, absolutamente todos los problemas
son consecuencia del accionar del enemigo. La CIA existe y complota, sin dudas;
pero el campo bolivariano -e incluso el intocable comandante Chávez- pueden
cometer errores. ¿No debería ser la crítica continua un elemento que supere al
burocrático y anquilosado socialismo soviético?

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