V
Digámoslo claramente: en los 15 años de proceso bolivariano no hubo una
clara política económica socialista. Se podría alegar que no era posible, por
razones político-coyunturales, levantar banderas del socialismo clásico hoy. En
un mundo globalizado por los grandes capitales y con Washington a la cabeza,
sin campo socialista como reaseguro, tal como lo tuvo Cuba en su momento, es
imposible.
Puede ser, pero ello abre la pregunta respecto a qué se ha estado
construyendo estos años. Lo cual lleva a conclusiones inexorables: 1) la
economía, y el Estado que la administra, siguen siendo capitalistas. Y, no
menos importante, 2) no se salió del rentismo petrolero. He ahí un cuello de
botella ineludible. Superar eso es la clave para ganar la “guerra económica”.
O, dicho de otro modo, para profundizar, de una buena vez por todas, la
revolución y construir el socialismo.
El rentismo petrolero constituye, quizá, el principal nudo gordiano.
Valga retomar y profundizar la tesis de Juan Pablo Pérez Alfonso (padre de la
OPEP, como se le conoce): “El petróleo hay que sacarlo de la economía,
porque su presencia interfiere toda la actividad económica y lo peor, obnubila
las conciencias, destruye al individuo” (Moraria: 2015).
En Venezuela toda actividad económica productiva choca con el petróleo,
el dios todopoderoso que todo lo puede, sin coto ni medida. La renta petrolera
no se debe repartir: se debe dejar guardada igual que estaba cuando era
petróleo.
Pérez Alfonso decía que el petróleo es como una alcancía de la cual
sólo se puede sacar, pero no se le puede meter. Hay que sacar sólo lo
indispensable. A lo que se saca hay que darle utilidad como ahorro, no como
gasto público ni menos como incentivo de la economía. La economía debe ser
altamente productiva, no rentista; debe defenderse por sus propios medios, por
sus propios mecanismos, por su propio dinamismo y no por la muleta de la renta
petrolera.
Existe en Venezuela una economía ficticia, por cuanto todo,
absolutamente todo está subsidiado. La construcción del socialismo, en tanto
modelo de una sociedad de justicia donde todos producen y todos
igualitariamente reciben una parte de esa riqueza social, no puede basarse en
una dispendiosa chequera que subsidia todo, tal como vino haciendo el proceso
bolivariano estos años.
Los noruegos siguieron las recomendaciones de Pérez
Alfonso y son la economía más fuerte de Europa, sin las angustias de los demás
países de la Unión Europea, con reservas por 900 mil millones de dólares. ¿Por
qué no hizo lo mismo la Revolución Bolivariana?
El analista económico Claudio Katz (2006), citando a Modesto Guerrero,
dijo con precisión: “En Venezuela no faltan dólares. Lo que está en juego
es el destino de la renta petrolera”. Expresado de otro modo: en el país
no faltan recursos, de ningún modo. La cuestión está en cómo se reparte esa
renta.
Históricamente la riqueza generada por la producción quedó mayormente
en manos de la clase dirigente: una burocracia petrolera y el empresariado
nacional (agrícola, industrial, de servicios), o retornaba a las casas matrices
de las corporaciones multinacionales que operan en territorio venezolano. Muy
buena parte de esa renta iba destinada a un consumo en cierta forma irracional,
suntuario: “está barato, ¡deme dos!”.
Con el proceso bolivariano ello no cambió sustancialmente, pero sí en
parte la forma en que se repartía, por cuanto comenzó a llegar algo más a los
desposeídos de siempre. Por eso la derecha reaccionó (por razones más
viscerales, ideológicas, que económicas). De todos modos, los mecanismos
últimos de la economía (la propiedad de los medios productivos) no se
expropiaron. Y lo mismo pasó con el sistema financiero.
Sucede hoy que ese sistema, el capital bancario, es el que más se
beneficia del ingreso petrolero y de la producción general del país. Las
divisas con que cuenta Venezuela terminan pasando por el sistema financiero
privado, que es el que finalmente marca el ritmo de la economía. En tanto el
Estado siga en esa dependencia, está atado de pies y manos.
El asistencialismo que permitió la renta petrolera en estos últimos
años (“Chávez me regaló la casa” es el ejemplo arquetípico) no construye
socialismo. La dádiva no es socialista, así como la llamada cooperación
internacional (USAID, Unión Europea, JICA, etc.) no coopera más que con quien
la da.
Por otro lado, ese asistencialismo descansa en una dadivosa chequera,
pero no en un genuino crecimiento económico. ¡Así no se puede construir la
sociedad socialista! La derecha puede hacer la guerra porque tiene servida en
bandeja las facilidades con qué hacerla.
Citando una vez más a Sutherland:
Lo que sucede en la República Bolivariana de Venezuela es la fuga de
capitales, la fuga de dólares fundamentalmente; eso se da junto o a través de
la importación fraudulenta con el control de cambios. En Venezuela, desde el
2003 al 2013 se han fugado más de 150 mil millones de dólares; eso equivale al
50% del PIB y hace que la moneda venezolana siga perdiendo valor, se deprecie y
lamentablemente el gobierno no ha estatizado el comercio exterior (que es lo
que como marxistas proponemos, la estatización de la banca y del comercio
exterior) sino que ha respondido haciendo emisiones monetarias inorgánicas, es
decir, imprimiendo más dinero, presionando sobre los precios y que haya
inflación (Sutherland, 2013).
Con todas esas medidas, que no son socialistas, quien se perjudica
finalmente es la gran masa de asalariados, el “pobrerío” de siempre.
Por otro lado, la edificación de una sociedad nueva, con dignidad para
todos, sostenible y respetuosa del medio ambiente, no se puede hacer sobre la
base de la monoproducción, de la venta de petróleo, quedando el país en
dependencia casi absoluta de la industria y la tecnología extranjeras, incluida
también la seguridad alimentaria.
Ello es una bomba de tiempo con la que, de ningún modo, es posible
edificar una nueva sociedad alternativa. Si aún persiste una extendida cultura
consumista y el ícono nacional continúan siendo las reinas de belleza con
implantes de silicona (¡hasta hubo un intento de crear una Misión para dotar de
pechos plásticos a las mujeres que no podían pagarlos!), eso descansa en la
cultura rentista desarrollada por casi un siglo. Construir algo alternativo
sobre un “socialismo petrolero”, como se llegó a decir, abre más interrogantes
que las soluciones que aporta.
La “guerra económica” actual existe, como parte de un ataque constante
que sufre el país, y de ningún modo se le puede restar importancia a las
estrategias de desestabilización que hay tras ella.
Basten palabras de James Clapper, Director Nacional de Inteligencia de
Estados Unidos en su Informe sobre Venezuela / 2012, para graficarlo de modo
más que elocuente: “Explotar la alta inflación del país, la carencia de
alimentos, la escasez de energía y los galopantes índices de delincuencia.” (Lanz
Rodríguez: 2015)
No hay dudas que se deben poner las barbas en remojo. La experiencia de
Chile, en 1973, es un patético recordatorio de lo que podría esperarle a la
Revolución Bolivariana.
Se produjo la angustia de la escasez, el país estaba sacudido por
oleadas de rumores contradictorios que alertaban a la población sobre los
productos que iban a faltar y la gente compraba lo que hubiera, sin medida,
para prevenir el futuro. Se paraban en las colas sin saber lo que se estaba
vendiendo, sólo para no dejar pasar la oportunidad de comprar algo, aunque no
lo necesitaran. Surgieron profesionales de las colas, que por una suma
razonable guardaban el puesto a otros, los vendedores de golosinas que
aprovechaban el tumulto para colocar sus chucherías y los que alquilaban mantas
para las largas colas nocturnas. Se desató el mercado negro. (Allende, I. en
TeleSur: 2015)
Así describe Isabel Allende la crisis preparatoria del golpe de Estado
de Pinochet / CIA en su país. Cuatro décadas después, lo que sucede en
Venezuela es casi un calco de aquel escenario.
La guerra está abierta, es candente y urge tomar medidas para frenarla.
De ello depende el destino de la revolución en esta coyuntura. Pero también es
imprescindible ver, pensando a futuro, que es consecuencia de no controlar las
palancas últimas del país.
Una “revolución bonita”, no violenta, amparada en un ¿método? como el
“Chaz-Az”, abre enormes interrogantes. ¿Hasta cuándo se podrán seguir
manteniendo los programas asistenciales? ¿Qué pasará ahora con la baja de los
precios internacionales del crudo, manipulados por las potencias occidentales
del Consenso de Washington justamente para desestabilizar a Venezuela (junto a
Rusia e Irán)?
Ahora que el desabastecimiento y el mercado negro campean, sin llegar
todavía a ser el Chile del último período de Salvador Allende, pero recordándolo,
es urgente retomar aquella imagen que nos legara Rosa Luxemburgo en 1918 cuando
analizaba la revolución bolchevique:
No se puede mantener el “justo medio” en ninguna revolución. La ley de
su naturaleza exige una decisión rápida: o la locomotora avanza a todo vapor
hasta la cima de la montaña de la historia, o cae arrastrada por su propio peso
nuevamente al punto de partida. Y arrollará en su caída a aquellos que quieren,
con sus débiles fuerzas, mantenerla a mitad de camino, arrojándolos al abismo.
(Luxemburgo: 1918)
En síntesis: el socialismo sólo puede mejorarse con ¡más y mejor
socialismo!





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