Estas líneas en modo alguno pretenden ser una “receta” para corregir
errores, pero sí un honesto y transparente aporte para tratar de entender un
poco más lo que está pasando con la actual “guerra económica”, que podría
terminar frenando y haciendo caer el proceso.
¿Es sólo la derecha la causante? Por supuesto que la guerra estuvo
desde el primer día en que Chávez mostró que era algo más que un militar
golpista (igual que una amplia mayoría de militares latinoamericanos). Hablar
de “socialismo” después de la Guerra Fría y del triunfo omnímodo del gran
capital era una herejía. En Venezuela se comenzó a hablar. Y se comenzó, quizá
con tibieza, a tratar de construirlo.
Ahí comenzaron los primeros problemas: la derecha reaccionó (así como
sigue reaccionando ahora, por eso el golpe de Estado contra Chávez en el 2002,
los sabotajes petroleros, los paramilitares, las guarimbas * * y toda la parafernalia de
acciones que podrán venir en el futuro inmediato).
Pero la revolución nunca tuvo claro (y parece que no lo tiene tampoco
ahora) qué es eso del socialismo del siglo XXI. Que el enemigo de clase
reaccione es lo esperable (¿por qué no habría de hacerlo?, pues la “guerra” no
comenzó con el mercado negro, la especulación y el desabastecimiento actuales:
la guerra es la lucha de clases, siempre presente desde que hay sociedades con
propiedad privada). La otra parte del problema está del lado del movimiento
bolivariano: ¿hacia dónde se quiere ir realmente?
Si esto no está precisamente definido, será difícil cuando no
imposible, seguir caminando. El proyecto económico de la revolución es algo
incierto, confuso incluso: ¿es socialista? ¿Es socialdemócrata? ¿Capitalista
con rostro humano? ¿Control obrero de la producción o asistencialismo
gubernamental? Alguna vez el presidente Chávez ponderó lo que él llamó “Método
Chaz-Az de resolución de conflictos”, en alusión a una negociación que él mismo,
en persona, mantuvo con el hacendado Carlos Azpurúa con motivo de la
nacionalización de su propiedad ganadera en 2005. Negociación dentro de los
márgenes de la empresa privada, con la garantía de un gigante político como
Chávez, al que, pareciera, nada se le podía cuestionar, y mucho menos ahora,
erigido ya en figura casi mítica (después de su muerte comenzó a llamársele
“Comandante Supremo”). Pero para un planteo socialista, ¿es posible, o más aún:
es deseable un proyecto de esas características, de resolución amistosa de
conflictos? ¿Diálogo con el enemigo? Es para pensarlo. ¿Qué puede salir de ahí?
Esa indefinición, este cuestionable modelo asentado finalmente sólo en las
espaldas del Comandante que decidía todo, no es sostenible. Alguna vez Fidel Castro,
acompañando al presidente Chávez en una gira dentro de Venezuela y viendo cómo
éste se ocupaba de resolver todos y cada uno de los detalles que cada ciudadano
se acercaba a plantearle, le dijo sabiamente: “Chico, ¡no puedes ser el
alcalde del país!”. Quizá es hora de comenzar a cuestionar críticamente mucho
de lo hecho hasta ahora. El culto a la personalidad nunca es aconsejable. ¿No
era eso, entre otras cosas, lo que se debía superar en relación al
burocratizado socialismo soviético?



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